Pablo José María Frassinetti nació en Génova en el distrito de la Parroquia Nuestra Sra. de las Viñas el 15 de diciembre de 1804 y murió el 2 de enero de 1868.
Fue el primero de diez hijos: sobrevivieron solo cinco. Cuatro de ellos llegaron a ser sacerdotes; la única hija, la fuerte y dulce Paola, fue fundadora de la Congregación religiosa de las Hermanas de Santa Dorotea: Pío XI, en 1930, la elevó a los honores de los altares y Juan Pablo II, en 1986, la canonizó.
La base familiar no podía ser más rica y espléndida de vida cristiana, alimentada por la fuerte fe del padre, Juan Bautista y de la muy dulce piedad de la madre, Angela Viale, que guiaba a sus hijos uno por uno, a medida que iban llegando, al santuario de la "Madonnetta" (la Virgencita), para consagrar el corazón a María.
De sus sesenta y cuatro años de vida, cuarenta y uno los empleó en el ministerio sacerdotal, y la modesta y pobre parroquia de Santa Sabina en Génova llegó a ser por treinta años el centro polarizador e irradiador.
Antes había ejercido el ministerio por breve tiempo en San Esteban, en Génova, después, desde 1831 a 1839, como Párroco en Quinto. Aquí había conducido consigo a la hermana Paola y es aquí que ella, con la ayuda y bajo la guía de su hermano, dio inicio al Instituto de Santa Dorotea.
Fue muy simple y común, podemos decir sin ruidos, pero intensa y luminosa como su caridad, cuyo ejercicio se realizaba en forma tan silenciosa como heroica, no solo por la naturaleza que lo hacía despojarse de todo para sus pobres sino también por la total generosidad con la cual estaba dispuesto a donar hasta su vida. De esto dio prueba en situaciones dramáticas durante el cólera del 1835-37 y también en 1856.
Sus escritos contienen muy pocas referencias autobiográficas que sirven para reconstruir un personaje desde el interior: sin embargo justamente de sus escritos se pueden recoger desde el punto de vista doctrinal, humano y espiritual, las líneas más profundas de su rica y fuerte personalidad.
Ciertamente, la simplicidad y la amabilidad con que son redactados sus escritos forman en el lector una impresión de reserva y casi distancia, la misma que se prueba al primer encuentro con su imagen de ojos profundos en un rostro pálido como de asceta.
Tuvo por naturaleza un carácter muy fuerte - así decía de él la hermana Paola - y aquel fuego que le quemaba adentro quedó por toda su vida, pero con otro objetivo: un arder con amor de Dios.
El Pueblo se dio cuenta en seguida que en aquel cuerpo, hecho seco y demacrado por la penitencia, vivía un alma ardiente y dominadora. Era un acercarse a él "a todas las horas" de gente de todo estado, toda condición, cultura, religión, tanto que la iglesia de Santa Sabina no alcanzaba a contenerla toda.
Se encontró viviendo en un siglo que por varios aspectos fue de gran altura y por eso mismo de grandes problemas, por la tumultuosa decantación de todo aquello que un mundo en ferviente crecida hacía refluír como heredad de tiempos pasados y como levadura de nuevos. Dice el Cardenal Siri: "Frassinetti fue todo, solo y , por sus tiempos, tenazmente sacerdote. Él era un pastor un pastor de almas y entonces estimó su sagrado deber ocuparse solamente de aquellos aspectos doctrinales y prácticos que los movimientos, llamados liberales, determinaban en orden a la vida espiritual y moral del laicado y del clero.
Supo discernir con claridad de visiones las cuestiones meramente temporales y políticas de los superiores intereses religiosos y no permitió que estos fueran jamás subordinados a razones políticas.
Por este motivo, y solamente por este, atacó y lo hizo hasta el final - a hombres políticos como Gioberti, contra el cual escribió el célebre "Ensayo entorno a la dialéctica y a la razón de Vicente Gioberti" (1846) que le desencadenó en contra las iras del más equivocado cura del siglo pasado, y de todos aquellos que compartían el mismo pensamiento. Nació una polémica muy violenta en la cual participó con nobleza de altura pero pronto padeció las consecuencias: ya mirado de reojo por los seguidores y especialmente los familiares de Mazzini, por su lucha abierta, contra el jansenismo, fue envuelto en la indigna y violenta persecución que se desató en Génova con furor, primero contra los Jesuitas y las Congregaciones religiosas, que fueron disueltas, y después contra los simpatizantes de los Jesuitas, de Sturla y de Frassinetti: así el 18 de marzo de 1948 fue obligado a tomar el camino del exilio por un año.
Dios que escribe derecho con líneas torcidas permitió que este tiempo resultara de gran ventaja para él y para los suyos. De hecho su espiritualidad, toda dirigida siempre a nuevos encuentros con el Señor, tuvo la posibilidad de concentrarse en íntima oración de tal forma que le hará definir aquel período como "el más feliz" de su vida.
Además la austeridad que ordenó su vida, ya caracterizada por un estilo de franciscana pobreza desde chico, le regaló una más exquisita sensibilidad en el gusto y en el amor por la cruz, que le permitirán entrar a fondo en el espíritu de las mejores páginas de San Juan de la Cruz. También fue en aquel tiempo de exilio en el cual el "se enamoró" de las obras de Santa Teresa de Ávila.
El descubrimiento de Santa Teresa tuvo una grandísima importancia en la vida y en las obras del Siervo de Dios. De la meditación de aquellas páginas el sacó alimento para sus discreciones, su medida y ponderada prudencia que constituyen el admirado fondo psicológico de todos sus escritos y en particular de su "teología moral".
Su acción se colocó en un plano totalmente religioso y eclesial. El primer problema fue la formación espiritual y cultural del clero y en modo particular del clero joven, por el cual tenía mucha inquietud de apostolado desde el alba de su sacerdocio. En verdad esta era una prioridad para la vida de la Iglesia y de Génova en especial.
Frassinetti desarrolló dos planes de trabajo: el primero dirigido a la acción a largo plazo para fortalecer las filas del clero; el segundo a una acción intensa y penetrante para la santificación y actualización cultural del mismo clero.
El siervo de Dios procuró facilitar la actuación y la difusión de estas ideas, casi en la totalidad ideas nuevas para su tiempo. Lo hizo fundando asociaciones y pías uniones de las cuales pudieran nacer vocaciones sacerdotales y religiosas.
Entre estas instituciones hay que señalar en primer término la "Pía Unión de los Hijos de Santa María Inmaculada" fundada por él en Santa Sabina el 14 de noviembre de 1860 con tan sólo cuatro jóvenes. Ella se proponía formar laicos que, encarnando con mucho coraje el ideal evangélico de la castidad perpetua, de la práctica de la pobreza y de la obediencia, tendieran a conseguir la perfección cristiana y se rindieran disponibles operadores del evangelio para llevar almas a Dios con el ejercicio de la caridad.
Enseguida creció fuerte por número de asociados y por intensidad de vida espiritual, tanto que el Prior la transformó en "Obra de los Hijos de S. María Inmaculada".
De esta, como de otras instituciones suyas el Prior tuvo solamente la alegría del sembrador, no la alegría plena de aquel que cantando cosecha las mieses. Pero aquella Obra, bajo la dirección firme del P. Antonio Piccardo, donó centenares de sacerdotes a la Iglesia (420 sacerdotes de los cuales 20 misioneros en América, India y China; 51 Religiosos, 4 Obispos).
El Papa San Pío X, en 1904, por "motu propio" erigió esta Obra en Congregación religiosa de derecho pontificio.
La santificación y la actualización cultural del clero fue el otro objeto de su vida. Desplegó una actividad con tanto amor hacia sus hermanos en el sacerdocio y con tal intuición de las exigencias de los tiempos nuevos, que solo bastaría para coronar toda su vida santa.
Todo este fervor de trabajo no quitaba para nada el compromiso pastoral que el tenía como párroco para su rebaño. El primer don que el hacía a ellas era la constante luminosidad de su ejemplo, como modelo perfecto de todas las virtudes humanas y sacerdotales.
El brillaba de tal forma en las virtudes que resulta difícil decir cual era su característica: entre su inmaculada pureza, su ardor eucarístico, su humildad y pobreza, el incontrolable apego a la fe y al Papa que lo hacía dispuesto a sellar con su sangre su amor declarado, su ternura confiada a la devoción filial de María, aquel equilibrio perfecto que supo realizar en sí mismo capaz de asignar siempre su verdadero lugar en su pensamiento y en su actividad a las características de la naturaleza y de la gracia, a las pasiones, a las virtudes, a la imaginación y a la inteligencia, al corazón y a la voluntad, a las criaturas virtudes, a la imaginación y a la inteligencia, al corazón y a la voluntad, a las criaturas y a Dios por el cual resulta un conjunto armonioso que para el alma es paz y fuerza y para quien observa desde afuera es espectáculo de unidad y de belleza.
Con todas sus fuerzas se puso a trabajar. Habló con gran simpleza al hombre del siglo XIX del plan de salvación concebido por el Padre y realizado por Jesucristo. A todos habló de la estupenda realidad de su vocación sobrenatural de Hijo de Dios, del infinito amor del Padre en Cristo Jesús, en quien todos hubiesen podido encontrar su autenticidad como hijos del Padre celestial, con la posibilidad de elevarla hacia la perfección de la caridad.
Esta es la esencialidad de los contenidos de su acción ascética que llevó a las almas no con el ímpetu de un gran río, sino con muchos pequeños y grandes arroyos que corrieron por todos lados frescos y límpidos. Realmente este apóstol, mediante sus escritos, llevo el ideal de la auténtica vida cristiana a cada espíritu y dentro de "cada casa".
Su "Consuelo del alma devota" fue como un abrirse de par en par de las puertas de la santidad, cerradas por el Jansenismo a todas las almas. "La monja en casa" y "El Religioso
al siglo" fueron estimulantes propuestas de metas fuertes de vida interior y de apostolado laico. "El Padre nuestro de Santa Teresa" y "El Paraíso en tierra". "El banquete del amor divino", con toda la variedad de múltiples folletos, libritos (algunos de ellos traducidos en varios idiomas con gran número de copias), indicaron a los hombres del árido siglo racionalista y materialista los caminos en los cuales se encontraba Dios vivo y verdadero para gozar de la inefable intimidad.
Hacia el final de 1867 llevó a la imprenta el último escrito, su testamento de amor y de fe "El banquete del Divino Amor". Después lo atacó una pulmonía fulminante. El primero de año de 1868 recibió la Eucaristía como viático.
El dos de enero, mientras agonizaba "buscó con la mano ya fría la medalla de la Virgen que tenía colgada al cuello por medio de una soguita, la besó con mucha devoción, escribió Fassiolo, que estaba allí presente. Poco antes de las tres de la tarde, José Frassinetti se durmió serenamente en el Señor".
El arzobispo de Génova introduce la Causa de Canonización, primero como Siervo de Dios y posteriormente, el 14 de mayo de 1991 S.S. Juan Pablo II reconoce la heroicidad de sus virtudes, declarándolo "Venerable".
Para contar con la Gracia de que José Frassinetti sea declarado Beato, se necesita de nuestra oración, especialmete pidiendo por su beatificación. Recemos por esto.
(Textos de “Vida y Espiritualidad del Fundador José Frassinetti”
P. Bruno G. Renzi, HSMI)